Declaraciones del secretario de Estado John Kerry durante su discurso en la COP22

DEPARTAMENTO DE ESTADO DE ESTADOS UNIDOS
Oficina del portavoz

16 de noviembre de 2016
Marrakech, Marruecos

SECRETARIO KERRY: Muchas gracias a todos. Me disculpo por haber llegado con algunos minutos de retraso. Hubo un incendio y el tráfico estaba congestionado; pero aquí estoy y aquí están ustedes. Les agradezco por estar presentes.

Quisiera comenzar dándole las gracias a Jonathan Pershing, nuestro fabuloso enviado especial para el Cambio Climático. Soy muy afortunado de poder contar con él en este trabajo. Durante un tiempo, trabajó en el Departamento de Energía. Se lo robamos a Ernie Moniz, un gran colega que mostró misericordia ante mi delito. Y él ha hecho un extraordinario trabajo en colaboración con nuestros socios internacionales cuando comenzamos la ardua tarea de implementar el Acuerdo de París. Y también deseo agradecer a la embajadora Jennifer Haverkamp, quien, junto con Jonathan y muchos de los miembros del equipo que veo aquí sentados, ha hecho un fantástico trabajo este año dirigiendo los esfuerzos del Departamento de Estado en pos de alcanzar los objetivos climáticos. Y debo decirles, bueno, permítanme una pequeña digresión. También deseo darle las gracias a Brian Deese —no sé si se encuentra aquí—, doy gracias por el principal asesor sobre cambio climático del presidente Obama y por toda la intrépida delegación de la COP, a quienes tuve la oportunidad de conocer esta misma mañana, aunque, en cierto modo, hemos transitado juntos este camino.

También agradezco a nuestros socios internacionales y, en particular, a la secretaria ejecutiva de la CMNUCC, Patricia Espinosa; al presidente saliente de la COP, ministro Segolene Royal de Francia y al presidente entrante, mi amigo y anfitrión esta semana, el ministro de Relaciones Exteriores de Marruecos, Salahaddine Mezouar. Y también deseo agradecer a nuestros socios de Fiyi, quienes presidirán la siguiente COP, a la cual planeo asistir en calidad de ciudadano Kerry.

Es un gran placer para mí poder estar aquí en Marrakech. Me recuerda a una de las grandes figuras del siglo XX, cuya conexión con esta ciudad es tan famosa, Sir Winston Churchill. Él amaba pintar estos paisajes y absorber la belleza y la cultura.

Y de hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando él y el presidente Franklin Roosevelt y los líderes aliados se reunieron en Casablanca para planificar la estrategia europea, Churchill se sorprendió al enterarse de que Roosevelt nunca había visitado esta parte de Marruecos.

Y pues, en una jugada que quizás solo a Winston Churchill podía resultarle bien en medio de una guerra global —guerra mundial— Churchill convenció a Roosevelt de que prolongara su visita para viajar por lo que todavía, en aquel entonces, era un país envuelto en un combate activo.

Y luego de varias horas sueltos por allí, y dado que estamos hablando de Winston Churchill… una buena dosis de whisky —(risas)—, los dos mandatarios llegaron a Marrakech justo a tiempo para presenciar el atardecer desde las montañas del Atlas.

Y Churchill afirmó que era la vista más hermosa de la Tierra.

Por ello, creo que es oportuno que casi tres cuartos de siglo después, amigos y aliados nos volvamos a encontrar en Marrakech para llevar a cabo un debate muy importante, un debate acerca del mundo natural que nos rodea y la importancia de preservarlo para las futuras generaciones.

Tal como mencionó Jonathan, el cambio climático es un asunto profundamente personal para mí, pero también lo es para todos los que se encuentran en esta sala. Lo sé. Y, sin duda, quisiéramos que este asunto fuese igual de personal para cada persona de cada sala: hombres, mujeres, niños, empresarios, consumidores, padres, profesores, estudiantes, abuelos. Dondequiera que vivamos, cualquiera sea nuestra vocación, sin importar nuestro origen, esto es imperioso.

Ahora bien, conozco los peligros de perder el tiempo convenciendo a los convencidos, y, evidentemente, todos aquí somos los convencidos. Pero de hecho, estoy agradecido por ello, porque aquí, en la 22.ª COP, nadie puede negar el notable progreso que hemos alcanzado, un progreso que, de hecho, era difícil de imaginar hace algunos años. La comunidad mundial se encuentra más unida que nunca, no solo para aceptar el reto, sino para afrontarlo mediante acciones reales que marquen la diferencia. Y nadie, nadie, debe poner en duda a la gran mayoría de ciudadanos estadounidenses que saben que el cambio climático está ocurriendo y que están determinados a mantener los compromisos asumidos en París. (Aplausos.)

Ninguno de nosotros olvidará ese momento el pasado mes de diciembre en Le Bourget, cuando el exministro de Asuntos Exteriores de Francia, junto con Segolene y algunos de ustedes, liderados por Laurent Fabius, lograron el acuerdo más sólido y ambicioso en materia ambiental jamás negociado. Fue un acuerdo que nos llevó, literalmente, décadas alcanzar: el orgulloso fruto del trabajo de una diplomacia con principios y, en última instancia, de un entendimiento profundo y compartido de que estamos todos juntos en esta causa.

Y cuando nos fuimos de París, nadie se durmió en los laureles. En cambio, el mundo, unido, actuó con celeridad para comenzar el… para poner en marcha el acuerdo, traspasando el umbral de 55 países que representaban el 55 por ciento de las emisiones globales, hasta el momento haciéndolo más rápido de lo que incluso el más optimista de nosotros pudiera haber predicho. En una declaración de gran alcance del compromiso mundial con este acuerdo, en menos que un año, 109 países que representan casi el 75 por ciento de las emisiones mundiales se han comprometido formalmente a adoptar medidas decisivas —y estamos determinados a afirmar esas medidas y a continuarlas tras Marrakech.

Ahora, contamos (aplausos), contamos con una base, establecida a partir de los objetivos nacionales sobre el clima; 109 países, cada uno de ellos elaboró su propio plan, cada uno de nosotros fijó metas que se basan en nuestras propias capacidades y nuestras propias circunstancias. Este acuerdo es, de hecho, la esencia de las responsabilidades comunes pero diferenciadas. Proporciona apoyo a los países que necesitan ayuda para alcanzar los objetivos. No deja que ningún país haga frente a la tormenta del cambio climático solo. Reúne un conjunto de herramientas para ayudar a los países a invertir en la infraestructura, la tecnología y la ciencia para realizar la tarea. Apoya a los países más vulnerables, para que puedan adaptarse mejor a los impactos climáticos que ya enfrentan muchos de esos países.

Y, finalmente, nos permite incrementar nuestra ambición al tiempo que se desarrolla la ciencia y el precio de la energía limpia disminuye. Esto es crucial: el acuerdo invita a las partes a revisar sus compromisos nacionales cada cinco años, a fin de garantizar que sigamos el ritmo de la tecnología y de que aceleramos la transición global hacia una economía de energía limpia.

Este proceso, un pilar importante de nuestro acuerdo, nos proporciona un marco creado para perdurar, y un grado de responsabilidad mundial que nunca antes había existido. Pero deseo compartir con ustedes que el progreso que hemos logrado este año va más allá de París.

A principios de octubre, la Organización de Aviación Civil Internacional estableció un acuerdo sectorial para el crecimiento sostenible y neutro en carbono. ¿Por qué es esto tan importante? Porque la aviación internacional no estaba alcanzada por lo que hicimos en París, y si esa aviación fuese un país, se encontraría entre los primeros doce mayores emisores de gases de efecto invernadero del mundo.

Algunas semanas más tarde, tuve el honor de estar en Kigali, Ruanda, cuando los representantes de casi 200 países se reunieron para reducir el uso y la producción mundiales de hidrofluorocarbonos, los cuales se esperaba que aumentaran muy rápidamente, con el agravante de que estos gases son mucho más dañinos que el dióxido de carbono. El Acuerdo de Kigali por sí solo podía ayudarnos a evitar el aumento de la temperatura en medio grado centígrado hacia finales de siglo, al tiempo que nos brindaba nuevas oportunidades de crecimiento en una amplia variedad de industrias.

Todos estos pasos se combinan para mover la aguja en la dirección que precisamos. Y en gran parte gracias a que los líderes mundiales se han dado cuenta de la magnitud de este desafío, el mundo ahora está comenzando a moverse hacia un futuro con energías limpias.

En la última década, el mercado de la energía renovable se ha multiplicado por seis. El año pasado, la inversión en energía renovable alcanzó su máximo histórico: cerca de 350.000 millones de dólares. Pero eso solamente cuenta una parte de la historia. Un promedio de…esos 350.000millones, es la primera vez que hemos podido ver que el monto es mayor al que se invierte en combustibles fósiles. El año pasado, se instalaron —en promedio— medio millón de nuevos paneles solares por día. Y por primera vez desde la era preindustrial, a pesar de que los precios mundiales del petróleo, del gas y del carbón eran los más bajos de la historia, la mayor cantidad de los fondos mundiales fueron invertidos en tecnologías de energía renovable en vez de en plantas de combustibles fósiles.

Y como muchos de ustedes, he visto cómo se produce esta transformación en mi país. Por eso confío en el futuro, sin importar qué política se adopte, debido al mercado. Me he reunido con mandatarios e innovadores de la industria energética de todo nuestro país, y estoy muy contento de ver el camino que han tomado. La generación de energía eólica en Estados Unidos se ha triplicado desde 2008 y continuará, mientras que la energía solar se ha incrementado treinta veces. Y la razón por la cual ambas tendencias continuarán es que el mercado lo dictará, no el gobierno. Puedo decirles con confianza que Estados Unidos en este momento, hoy, se encuentra en vías de alcanzar todas las metas internacionales que hemos establecido, y que gracias a las decisiones de mercado que están siendo adoptadas, no creo que este fenómeno pueda revertirse. (Aplausos.)

Bien, mucho de esto se debe al liderazgo del presidente Obama y a que nuestro Congreso se mueve de manera bipartidista en los asuntos como los créditos tributarios para la energía renovable. Este liderazgo ha ayudado a inspirar las inversiones orientadas del sector privado. En la actualidad, nuestras emisiones se están reduciendo porque las fuerzas del mercado se están consolidando en todo el mundo. Y eso es lo que dijimos que haríamos en París. Ninguno de nosotros pretendía eso en París, el acuerdo en sí mismo iba a alcanzar los dos grados. Lo que sí sabíamos es que estábamos enviándole un mensaje crucial al mercado, y las compañías respondieron del modo en que acabo de describir. La mayoría de los empresarios han logrado comprender: la inversión en energía limpia sencillamente tiene sentido desde el punto de vista económico. Puedes ganar dinero. Puede irte bien haciendo el bien.

Ahora bien, notablemente, el auge de la energía renovable no se limita a los países industrializados, y eso es importante de destacar. De hecho, el año pasado, economías emergentes como las de China, India y Brasil, invirtieron más en tecnologías renovables que el mundo desarrollado.

Tan solo en China se invirtieron más de 100.000 millones de dólares. En última instancia, se espera que la energía limpia sea un mercado multimillonario, el mercado más grande que se haya conocido en el mundo. Y ninguna nación tendrá éxito si se mantiene al margen, privando a sus nuevas compañías de aprovechar las ventajas de la explosión de las tecnologías limpias.

Amigos, estamos en medio del auge mundial de la energía renovable y, como resultado, en muchos lugares, la energía limpia ya ha alcanzado una paridad de costo con los combustibles fósiles. En la actualidad, la industria de la energía renovable emplea a millones de personas alrededor del mundo. Y si tomamos las decisiones correctas, más millones de personas podrían ser empleadas.

Están sucediendo cosas buenas. La curva energética tiende hacia la sostenibilidad. El mercado claramente se dirige hacia la energía limpia, y esta tendencia solo será más pronunciada.

Pues bien, para aquellos de nosotros que hemos trabajando en este desafío durante décadas, este es realmente un momento crucial. Es un motivo para el optimismo, a pesar de lo que se ve en diferentes países con respecto a la política y al cambio. En términos muy claros, la pregunta ahora no es si haremos la transición a la economía de la energía, a una economía de energía limpia. Eso, ya empezamos a hacerlo. La pregunta ahora es si vamos a tener la voluntad para hacer este trabajo. Esa es la pregunta ahora: si vamos a hacer la transición a tiempo para poder hacer lo que tenemos que hacer para prevenir el daño catastrófico.

Señoras y señores, no soy Casandra. Por lo que he dicho, pueden darse cuenta. Por el contrario, soy realista. El tiempo no está de nuestro lado. El mundo ya está cambiando a una velocidad alarmante y con consecuencias cada vez más alarmantes. La vez última que Marruecos acogió la COP fue en 2001, y los 15 años que han transcurrido desde entonces se encuentran entre los 16 años más calurosos de la historia. El 2016 será el año más cálido de todos. Hasta ahora, cada mes ha batido un récord. Y este año, gracias a los récords mensuales, seremos testigos de la década más cálida de la historia, la cual, por cierto, fue precedida por la segunda década más cálida y esta, a su vez, por la tercera década más cálida. En algún momento, incluso el más escéptico tendrá que reconocer que está ocurriendo algo inquietante.

Hemos visto sequías históricas por todas partes: desde India a Brasil y a la costa oeste de Estados Unidos. Las tormentas que se registraban cada 500 años se están volviendo relativamente normales. Estos últimos años, en promedio, 22 millones y medio de personas han debido abandonar sus hogares cada año por fenómenos meteorológicos extremos. No fuimos testigos de algo similar durante el siglo XX.

Las comunidades de países insulares como Fiyi se han visto obligadas a adoptar medidas para reubicarse en forma permanente, ya que los lugares que durante generaciones llamaron “hogar” ya no son habitables. Y hay muchas, muchas más personas que saben que es cuestión de tiempo hasta que el aumento del océano inunde sus ciudades.

Sé que esto es demasiado para procesar, difícil de procesar. Es por eso que he descubierto que cada vez que me es posible, la mejor forma de comprender y de ver si las personas van más allá de solo pensar en este asunto es comprobar por mí mismo qué está sucediendo. Es por eso que este verano fui a Groenlandia a visitar el increíble glaciar Jakobshavn. Los científicos me mostraron las líneas a muchos metros sobre el nivel del agua que en la actualidad marcan el retroceso del glaciar, el cual en los últimos 15 años fue mayor al sufrido durante el siglo anterior. Y mientras estaba allí, navegué en un buque militar danés a través del fiordo. Vi los grandes pedazos de hielo que acababan de desprenderse del glaciar y que inexorablemente se derretían en el mar. Y dado que se desprenden de Groenlandia, que se asienta sobre rocas, cada pedacito de ese hielo contribuye a la subida del océano.

Desde 1990, la dolorosa velocidad de ese derretimiento se ha casi triplicado. Cada día, 86 millones de toneladas métricas de hielo se desprenden del fiordo y caen al océano. El flujo total que se desprende de ese glaciar en un solo año alcanzaría para satisfacer las necesidades de la ciudad de Nueva York por dos décadas.

Pero los expertos de Groenlandia y de otras partes del mundo siempre me han advertido, y lo hicieron durante este viaje de verano, que si realmente deseamos comprender qué es lo que está ocurriendo y cuál es la amenaza, debemos ir a la Antártida. En ninguna parte del planeta los riesgos son tan elevados como en el extremo opuesto del planeta. Durante medio siglo, los científicos del clima creyeron que la capa de hielo de la Antártida Occidental es la espada de Damocles que pende sobre nuestra forma de vida. Si se quebrara y se derritiera en el mar, esa capa sola podría incrementar los niveles del mar entre cuatro y cinco metros. Los científicos de allí me describieron cómo la presión y el peso del hielo empujan hacia abajo todo el continente, asentándolo sobre la corteza terrestre. Pero eso permite que el agua de mar más cálida penetre debajo del glaciar y que acelere el proceso de derretimiento, desestabilizando el glaciar.

La Antártida contiene capas de hielo que, en algunas partes de la capa Oriental, tienen tres millas de profundidad. Y si todo ese hielo se derritiera por completo porque somos irresponsables en materia de cambio climático, en las próximas décadas, el nivel del mar podría aumentar entre 100 y 200 pies.

Ese es el motivo por el cual la semana pasada volé a la Base McMurdo en la Antártida, para reunirme con científicos y para comprender mejor lo que está ocurriendo. Sobrevolé en helicóptero la capa de hielo de la Antártida Occidental. Caminé sobre la barrera de hielo de Ross. Y hablé con los científicos que se encuentran en primera línea, no con aquellas personas implicadas en la política cotidiana, sino con personas que realizan juicios científicos y que se dedican a la investigación exhaustiva. Y fueron muy claros conmigo: cuanto más descubren, más se alarman por la velocidad en la cual estos cambios están sucediendo. Un científico de Nueva Zelandia, Gavin Dunbar, describió lo que están viendo allí como un “canario en una mina de carbón”, y advirtió que algunos umbrales, si se traspasan, no tienen vuelta atrás.

En otras palabras, no podemos esperar demasiado para traducir la ciencia que tenemos hoy en las políticas que son necesarias para enfrentar este desafío. Estos científicos me instaron a recordarle a mi propio gobierno y a los gobiernos de todo el mundo y a todos los que están aquí que lo que hagamos ahora, hoy, importa, porque si no llegamos lo suficientemente lejos y si no vamos lo suficientemente rápido, podría llevar siglos deshacer el daño que causemos, si es que se puede deshacer.

Quisiera subrayar hoy lo siguiente: no tenemos una segunda oportunidad. Las consecuencias del fracaso, en la mayoría de los casos, serían irreversibles. Y si perdemos este momento para la acción, no habrá discurso, dentro de algunas décadas, que vuelva a juntar estos enormes bloques de hielo. En ninguna capital del mundo hay una varita mágica que se pueda usar para volver a llenar todos los lagos y ríos que se secan o para devolver la fertilidad a las granjas, a las áridas tierras de cultivo. Y, por supuesto, no tendremos la capacidad de detener el aumento de las mareas cuando invadan nuestras costas. Así que tenemos que hacer esto bien, y tenemos que hacerlo ahora mismo.

Los científicos de la Antártida me dijeron que todavía están intentando calcular cuán rápido está sucediendo todo esto. Pero saben con seguridad que está sucediendo, y que está sucediendo más rápido de lo que creíamos posible. Las alarmas deberían estar sonando en todos lados. Como me dijo un geólogo estadounidense allí, un compañero llamado John Stone…él me dijo: “puede que el período catastrófico ya esté en curso”. Es por eso que una política pública sabia demanda que adoptemos medidas preventivas.

No obstante, a pesar de los cambios en la vida real que se están sucediendo y de la amenaza de lo que puede venir, es importante que recordemos que no nos encontramos en un camino predestinado al desastre. Esto no está predestinado. No está escrito en las estrellas. Esto se trata de opciones, de las opciones que aún tenemos. Esta es una prueba de voluntad, no de capacidad. Tenemos el poder de poner al planeta de vuelta en el buen camino. Pero hacerlo requiere responsabilizarnos a nosotros mismos por la dura verdad. Requiere responsabilizarnos por los hechos, no por la opinión; por la ciencia, no por las teorías que no han sido probadas y que no pueden ser probadas; y no por trivialidades y eslóganes políticos.

Porque a pesar de todo el progreso que estamos logrando, al paso actual no alcanzaremos nuestro objetivo. Ya lo dije anteriormente. Sabíamos en París que lo que estábamos haciendo era comenzar a transitar un camino. Pero también sabíamos que no nos llevaría al final del viaje. Sí, las energías renovables representan más de la mitad de las instalaciones eléctricas realizadas durante el año pasado. Eso es avanzar. Pero la realidad es que, debido a la infraestructura energética existente ya montada, la nueva energía solo generó un poco más del 10 por ciento de la energía mundial total. Eso está muy lejos de lo que necesitamos para lograr nuestros objetivos.

Si queremos tener la capacidad de evitar los peores impactos del cambio climático, tenemos que acelerar en forma drástica la transición que ya se encuentra en curso. Necesitamos llegar al punto en que las energías limpias generen la mayor parte de la energía mundial; y debemos llegar a ese punto rápidamente. Ciertamente, los expertos nos dicen que a mediados de este siglo debemos llegar a ese punto.

Ahora bien, lo he dicho muchas veces y lo repetiré hoy: no serán solo los gobiernos, o incluso solamente ellos, los que resuelvan el desafío del cambio climático. El sector privado es el actor más importante. Y ya estamos viendo soluciones verdaderas que surgen de emprendedores en los círculos académicos. También requerirá de innovadores, trabajadores y líderes empresariales, muchos de los cuales han luchado contra este desafío y que continuarán generando los avances tecnológicos que van a revolucionar para siempre la manera en que abastecemos nuestro mundo.

Pero que quede claro: el liderazgo del gobierno es absolutamente esencial. Y dado que hoy es la última oportunidad que tendré de dirigirme a los miembros de la COP como secretario de Estado, deseo tomarme un momento para subrayar el trabajo que los líderes gubernamentales pueden y deben hacer, en especial los 200…los casi 200 países aquí representados.

Bien, sabemos que no hemos venido a Marrakech a disfrutar del éxito de París. Hemos venido aquí para seguir avanzando. Al hacerlo, no podemos olvidar que las contribuciones que cada uno de nosotros hemos hecho hasta el momento no suponen un techo. Por el contrario, constituyen una base sobre la que esperamos construir. Y a menos que nuestras naciones incrementen en forma voluntaria nuestras ambiciones, y a menos que continuemos presionándonos entre nosotros para actuar de forma sabia, nos resultará difícil satisfacer las necesidades de mitigación actuales, y mucho más mantener el aumento de la temperatura en 2 grados, lo cual para la ciencia es un punto crítico.

Y si no estamos a la altura, esta será la única vez en la historia moderna que una generación en tiempos de crisis renuncie a su responsabilidad por el futuro. Y esto no será simplemente un fracaso de las políticas; porque dada la naturaleza de este desafío, esto sería más un fracaso moral, una traición con consecuencias devastadoras.

Bien, sé que no, eso no es lo que nosotros firmamos. Como dijo el papa Francisco: “Recibimos este mundo como herencia de generaciones pasadas, pero también como préstamo de generaciones futuras, ¡a las que debemos devolverlo!”

Reconozco completamente los desafíos a los que distintos países se enfrentan, porque cuentan con una gran población, tienen una economía creciente, muchas personas viven en la pobreza, están determinados a mantener la estabilidad y a incluir a esas personas en la economía. Y por supuesto, están preocupados por la estabilidad, todos lo estamos. El acceso a la energía accesible es una parte fundamental de esa estabilidad. Y las fuentes de energía más sucias son, lamentablemente, algunas de las más baratas. Pero enfatizo lo siguiente: solo en el corto plazo. A largo plazo, es una historia totalmente diferente, amigos. De hecho, a largo plazo, las energías que generan grandes emisiones de carbono hoy, en la actualidad, representan las inversiones más caras y más imprudentes que una nación puede realizar. Y eso es porque el costo final de las energías basadas en el carbono es mucho más que solo el precio del petróleo o del carbón, o del gas natural, o el precio de construir una nueva central eléctrica. Una contabilidad real de costos debe tener en cuenta todas las consecuencias ulteriores, las cuales, en el caso de los combustibles contaminantes, son suficientes como para duplicar o triplicar los costos iniciales.

Esa es la clase de contabilidad que debemos realizar hoy en día. Tan solo pensemos en el precio de la degradación ambiental y agrícola. Pensemos en la pérdida de la capacidad de los agricultores en un área debida a la falta de agua o al calor excesivo que no permiten que los cultivos crezcan. Pensemos en las facturas de hospital de los pacientes con asma o enfisema, y los millones de muertes que se deben a la contaminación atmosférica producida por el uso de combustibles fósiles.

En 2014, un estudio reveló que seis millones de personas en China padecen la enfermedad del pulmón negro porque viven o trabajan cerca de una central eléctrica de carbón. Cada año, se registran cerca de 20 millones de nuevos casos de asma en India, provocados por la contaminación atmosférica por carbón, mientras que en Estados Unidos, el asma les cuesta a los contribuyentes más de 55.000 millones de dólares anuales. La principal causa de internación de niños durante el verano en Estados Unidos es el asma por causas ambientales. Estos son costos reales y deben ser agregados a la cuenta.

También debemos incluir el costo de la reconstrucción tras tormentas e inundaciones devastadoras. Solo en los primeros tres trimestres de este año, las condiciones climáticas extremas le han costado a Estados Unidos —le han costado a los contribuyentes estadounidenses— 27.000 millones de dólares en daños. Si tomamos solamente agosto, Luisiana sufrió una inundación que generó pérdidas por 10.000 millones de dólares.

Es decir que ninguno de nosotros puede permitirse ser ajeno a estos gastos, y estos costos iniciales son, en realidad, apenas un atisbo de lo que el futuro podría depararnos si no respondemos. Tan solo imaginen: barreras marítimas que deben construirse. Vayan a Miami… en la zona sur de Miami están construyendo, están elevando las calles para poder lidiar con las inundaciones que ya se producen, están construyendo nuevos desagües pluviales y están evaluando impuestos adicionales para poder hacerlo. Aumentos masivos en el costo de mantenimiento de la infraestructura para controlar las inundaciones, para soportar las tormentas. Cortes de energía. Todo esto y más tiene que añadirse a una evaluación honesta de las fuentes de energía ricas en carbono. Y en una era de creciente transparencia y de demanda pública de responsabilidad, los ciudadanos no aceptarán a largo plazo una contabilidad fraudulenta o la manipulación de las consecuencias de las decisiones.

Es por eso que todos debemos tomar decisiones más inteligentes, teniendo en cuenta el largo plazo, no el corto.

El carbón, por desgracia, es el mayor contribuyente a la contaminación por carbono. Representa cerca de un 30 por ciento de la energía mundial, pero a su vez produce casi el 50 por ciento de los gases de efecto invernadero del mundo. Las inversiones sin precedentes en materia de energía limpia que vemos en la actualidad significarán muy, muy poco si, al mismo tiempo, se instalan nuevas centrales eléctricas de carbón sin captura de carbono que liberen a la atmósfera más y más de los gases contaminantes que tanto nos esforzamos por reducir.

Algunas de estas proyecciones, debo confesarles, son sumamente preocupantes. Por ejemplo, entre el presente y el año 2040 es probable que la demanda de electricidad en el sudeste asiático se triplique, y en la actualidad se espera que la mayor parte de esa demanda pueda ser satisfecha gracias al crecimiento, ¿de quién? Del sector de las centrales eléctricas de carbón, en vez del sector de la energía limpia. Eso amenaza todo que estamos intentando lograr aquí.

Literalmente, no podemos utilizar una mano para palmearnos la espalda en reconocimiento de las medidas que hemos adoptado para abordar el cambio climático y luego darnos vuelta y usar la otra mano para firmar un generoso cheque que permita el desarrollo anticuado de la fuente más contaminante de combustible. Simplemente no tiene sentido. Es un suicidio. Y así es como todos perdemos esta batalla.

Que quede bien claro: las personas de todo el mundo están trabajando en pos de esta victoria. Y esta cuestión cada vez capta más la atención de los ciudadanos de todo el mundo y, sin duda, del sector privado. El sector privado acogió con satisfacción las señales que fueron enviadas en París, pero ahora exige señales más claras —el sector privado— para poder invertir en soluciones energéticas limpias incluso con mayor confianza.

Una de las señales más claras que puede enviar el gobierno, una de las formas más poderosas de reducir las emisiones al menor curso, costo, posible es que la economía de libre mercado aborde este desafío mediante la fijación de los precios del carbono.

Evidentemente, esta no es una idea nueva. Muchos ya habían llegado a esta conclusión. La cuota de emisiones mundiales cubiertas por el precio del carbono se ha triplicado durante la última década. El año pasado, más de mil compañías e inversores —incluidos algunos sectores que podrían sorprenderlos—se unieron para manifestar su apoyo a la fijación de precio del carbono. La lista larga de partidarios incluye empresas energéticas como BP, Royal Dutch Shell; servicios públicos como PG&E, compañías de transporte como British Airways, constructoras como Cemex, instituciones financieras como Deutsche Bank o Swiss Re y empresas de bienes de consumo como Unilever y Nokia. Estas compañías creen que la fijación de precio del carbono generará la seguridad necesaria en el mercado para ayudar al sector privado a movilizar el capital requerido para solucionar el problema.

La fijación del precio del carbono permite a los ciudadanos, innovadores y compañías —le permite al mercado tomar decisiones independientes del gobierno para manejar la reducción de las emisiones de la mejor forma posible. Y esta es también, a propósito, la principal razón por la cual la fijación de precio del carbono ha recibido el apoyo de líderes y economistas de ambos bandos en Estados Unidos. El precio del carbono, junto con el apoyo del gobierno para la innovación en sectores clave, constituye una de las herramientas más atractivas para que el mundo acelere la transformación hacia la energía limpia que intentamos lograr. Aunque puede transcurrir un tiempo hasta que seamos testigos de este resultado ideal, el esfuerzo por mejorar los mercados de carbono debe ser la máxima prioridad.

Lo más importante es que existen muchas herramientas a disposición del mundo. La COP en sí misma es una herramienta importante, en cierto sentido. Se ha convertido en mucho más que…  en mucho más que en una reunión de funcionarios gubernamentales. Es en realidad una cumbre anual; este año, 25.000 personas de todo el mundo, de todos los sectores se reunieron para demostrar su compromiso en materia de medidas contra el cambio climático y para debatir cómo ampliar los esfuerzos compartidos. Es un recordatorio periódico de cuánto ha crecido exactamente este movimiento, y de todas las personas que en diversos países están comprometidas a adoptar medidas.

Recorriendo la conferencia antes de entrar aquí y al ver este sitio en Marrakech, al ver las delegaciones y sus líderes empresariales, los emprendedores y los activistas que han viajado desde lejos y cerca para estar aquí, se vuelve muy claro que tenemos la capacidad de prevenir los peores impactos del cambio climático.

Sin embargo, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿Tenemos voluntad colectiva? Porque no vamos a alcanzar el éxito por casualidad. No sucederá sin el compromiso sostenido, sin la cooperación y el pensamiento creativo. Y no sucederá sin los inversores y los emprendedores innovadores. Y ciertamente tampoco sucederá sin liderazgo.

A aquellas personas de todo el mundo que, como yo, se encuentran en el poder y se enfrentan a decisiones acerca de qué camino tomar en una encrucijada clave; a ustedes les pido de parte de miles de millones de personas de todo el mundo: no se fíen de mi palabra. No tomen la existencia de esta COP como el sello de aprobación de lo que digo. Les pido que lo comprueben ustedes mismos. Haga su propia diligencia debida antes de tomar decisiones irrevocables.

Evalúen detenidamente qué es lo que ha persuadido al papa, a los presidentes y a los primeros ministros de todo el mundo, a los líderes de todo el mundo, de aceptar la responsabilidad de responder a esta amenaza. Hablen con los líderes de las empresas incluidas en la lista Fortune 500 y con pequeñas compañías innovadoras que estén dispuestas a invertir en los mercados energéticos del futuro. Pidan consejo a los mejores economistas acerca del riesgo de inacción, acerca de cuál sería el costo para las economías mundiales, en contraposición con las oportunidades que se desprenden de los mercados de energía limpia del futuro. Dialoguen con los líderes militares, quienes conciben al cambio climático como una preocupación de seguridad mundial, como un multiplicador de amenazas. Pregúntenles a los agricultores, y a los pescadores, acerca del impacto de los drásticos cambios en los patrones climáticos sobre su actual posibilidad de subsistencia y de mantenimiento de sus familias y sobre su perspectiva de futuro. Escuchen a los líderes religiosos hablar acerca de la responsabilidad moral que los humanos tenemos como guardianes de este planeta que compartimos, el único planeta que tenemos. Reúnan a los activistas y a la sociedad civil, a los grupos que hayan trabajado durante años con las comunidades de todo el mundo para generar conciencia y hacer frente a esta amenaza. Pregúntenles a los suyos acerca de sus preocupaciones legítimas por el planeta que heredarán sus hijos en lo referente a la reducción mundial de emisiones.

Y por sobre todo, consulten con los científicos que han dedicado sus vidas enteras a ampliar nuestra comprensión sobre este desafío, y cuyo trabajo será en vano a menos que hagamos sonar la alarma lo suficientemente fuerte como para que todos la escuchen. Nadie tiene derecho a tomar decisiones que afectarán a miles de millones de personas solo sobre la base de la ideología o sin una fundamentación adecuada.

Cualquiera que tenga estas conversaciones, que se tome el tiempo para aprender de los expertos, que entienda el panorama de lo que estamos enfrentando; creo que solo ellos pueden tomar decisiones legítimas, y eso es actuar con valentía en materia de cambio climático y alentar a otros a que hagan lo mismo.

Ahora bien, deseo reconocer que desde que comenzó esta COP tuvo lugar una elección en mi país. Y sé que se esto ha dejado algunas personas aquí y allá con dudas acerca del futuro. Obviamente, comprendo esa incertidumbre. Y si bien no puedo pararme aquí a especular acerca de qué políticas adoptará nuestro presidente electo, les diré lo siguiente: desde que estoy en la vida pública, una de las cosas que he aprendido es que algunas cuestiones lucen un tanto diferentes cuando ya te encuentras trabajando con respecto a cuando estás en plena campaña electoral.

Y la verdad es que, en primer lugar, el cambio climático no debería ser una cuestión partidaria. No es una cuestión partidaria para nuestros líderes militares del Pentágono, que denominan “multiplicador de amenazas” al cambio climático (Aplausos.) No es una cuestión partidaria para los líderes militares, debido a la manera en que el cambio climático agudiza los conflictos en todo el mundo y porque ven cómo amenaza la preparación militar en sus bases, las cuales podrían sufrir las consecuencias del incremento del nivel del mar o de las fuertes tormentas. No es una cuestión partidaria para nuestra comunidad de inteligencia, la cual acaba de publicar un informe que detalla las implicancias del cambio climático para la seguridad nacional de Estados Unidos: amenaza la estabilidad de las naciones frágiles, intensifica las tensiones sociales y políticas, incrementa los precios de los alimentos, genera mayores riesgos para la salud humana y mucho más.

No es una cuestión partidaria para los alcaldes de Nueva Orleans o Miami, quienes ya se encuentran trabajando duro para manejar las inundaciones y las marejadas generadas por el cambio climático. No es una cuestión partidaria para los líderes empresariales liberales y conservadores, quienes están invirtiendo una cantidad de dinero sin precedentes en las energías renovables, comprometiéndose en forma voluntaria a reducir sus propias emisiones y responsabilizando a sus cadenas de suministro por la huella de carbono general.

Y no hay nada de partidario en el cambio climático para los científicos mundiales, quienes de manera casi unánime concluyen que el cambio climático es real, está ocurriendo, es provocado en gran medida por los seres humanos, y tendrá impactos cada vez más catastróficos sobre nuestro modo de vida si no adoptamos las medidas drásticas necesarias para reducir la huella de carbono de nuestra civilización.

Pues bien, poder llegar a ese punto es la mayor prueba, quizás la prueba más grande de coraje y visión que jamás enfrentemos. Cada nación tiene la responsabilidad de hacer su parte si queremos superar esta prueba, y solo aquellas naciones que den un paso adelante y respondan a esta amenaza tienen el derecho legítimo a reclamar la capa de liderazgo mundial. Es un hecho.

Más que por su amor a Marrakech, Winston Churchill era conocido por la solidez de sus ideas y por su forma de expresarlas. Una vez argumentó, en forma elocuente: “No siempre alcanza con hacer todo lo posible; a veces tenemos que hacer lo que hace falta.”

Hoy sabemos qué es lo que hace falta. Y con toda las pruebas del mundo real, con toda la revisión por pares en la ciencia, con todo el viejo sentido común, no es posible que alguien pueda argumentar en forma creíble lo contrario. Tenemos que continuar con esta lucha, amigos. Tenemos que continuar desafiando las expectativas. Tenemos que acelerar la transición mundial hacia una economía de energía limpia. Y tenemos que continuar responsabilizándonos los unos a los otros por las decisiones que toman nuestras naciones.

A principios de este año, durante el Día de la Tierra, tuve el gran privilegio de firmar el Acuerdo de París en nombre del presidente Obama y de Estados Unidos. Fue un día especial. Y dado que mi hija vive en Nueva York, la invité a que me acompañara a la ONU. Ella me sorprendió al traer consigo a mi nieta de 2 años, Isabelle.

Esa mañana, había estado pensando en la historia que nos ha reunido hoy aquí. Pensé en el primer Día de la Tierra celebrado en 1970 que mencioné antes, cuando me uní a millones de estadounidenses en talleres pensados para educar al público acerca de los desafíos ambientales que enfrentábamos. Recordé la primera conferencia de las Naciones Unidas en Río, en la cual, dicho sea de paso, conocí a mi esposa Teresa, y pensé en la urgencia que sentimos en aquel entonces, en 1992. Y por supuesto, pensé en aquella noche de diciembre en Le Bourget, cuando parecía, por primera vez, que el mundo por fin había encontrado el camino.

Pero mientras estaba sentado jugando con mi nieta, esperando mi turno para firmar el acuerdo, pensé; no en el pasado, sino en el futuro. En el futuro de mi nieta. En el mundo que sus hijos heredarán algún día.

Y cuando llegó mi turno de subir al escenario, la levanté del suelo y la llevé conmigo. Quería compartir ese momento con ella. Jamás lo olvidaré.

Para mi sorpresa, la gente respondió a su presencia ese día; y, desde entonces, muchas personas me han dicho… me han manifestado cómo ese momento les generó algo especial y cómo las movilizó. Me dijeron que pensaron en sus propios hijos, en sus propios nietos. Pensaron en el futuro. Recordaron lo que está en juego.

Señores y señoras, aquí en Marrakech, en las próximas horas, dejémosle en claro al mundo que siempre recordaremos lo que está en juego. Mantengámonos firmes en nuestro apoyo a las metas que fijamos en París y comprometámonos nuevamente a redoblar esfuerzos en pos de alcanzarlas. Digamos que cuando se trata del cambio climático, nos comprometeremos no solo a hacer todo lo posible, sino, como exhortó Winston Churchill, a hacer lo que se haga falta.

Espero con ansias trabajar con ustedes en este importante asunto en los próximos años, sin importar cuántos, mientras tenga la posibilidad de hacerlo. Gracias.

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